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miércoles, 16 de marzo de 2011

PON UN GALLEGO EN TU VIDA


El abuelo de mi hombre por parte paterna, es gallego, tiene casi ochenta años, conduce un Seat Ibiza rojo, está dos veces divorciado y tiene una follamiga. Aún así, a mí, lo que más me gusta de él, es su capacidad para emborracharME (sí, habéis leido bien.... primera persona del singular).


Nos conocimos una Semana Santa. Por diferentes motivos, entre ellos conocer a parte de la familia, viajamos a Galicia. La visita al abuelo y a su por aquel entonces todavía segunda esposa la pospusimos hasta el último día, día de nuestro regreso a las Vascongadas. Dado el poco tiempo disponible, el abuelo, tuvo la genial idea de invitarnos a desayunar.

Cuando te invitan a desayunar, y más ante la idea de que los que pagan tienen alrededor de ochenta años, te planteas un gran tazón de café con leche, un par de magdalenas, y como mucho un carajillo para brindar por los nuevos miembros de la familia. Ayyyy....pobriña de mí... ahí comenzó mi mal planteamiento de nuestra futura embriagada relación.


En Padrón, todos los domingos hay un mercado con unas carpas, donde comes pulpo y churrasco entre otras cosas. Un plan sencillamente perfecto si no fuera porque eran las 11:30h de la mañana, y teníamos el desayuno pendiente. El yayo, que era por todos conocidos, le comentó a uno de los ¿pulperos? que preparara enseguida una gran ración para cuatro, de todo lo que allí hubiera, que iba a hacer probar las delicias de la tierra a su futura nieta. Yo, que en ocasiones soy bastante pava, y recién levantada, más aún, fuí incapaz de negarme y entre susurros le dije a mi hombre, que aprovechara a picar algo, así no tendríamos que pararnos a comer a mitad de camino.






La situación en la mesa era un tanto peculiar. El yayo, que peca bastante de sordo, no hacía más que gritar. La segunda mujer del yayo, que era de una Galicia profundísima, no hacía más que hablar en gallego, y mi hombre y yo, que no queríamos hacer el feo a nadie, chillábamos también y repetíamos frases del tipo: " Ay mi ma...." para integrarnos en el ambiente. El abuelo, al ver que sobre todo yo, hacía esfuerzos sobrehumanos por entrar en familia, me preguntó si me gustaba el vino. Yo, que soy de blanco ( pero a horas un poco más tardías), se lo dije timidamente, y él, que lo que tiene de semental lo tiene de exagerado, me sacó dos botellas para mí solita. Si a eso le sumamos, que ellos pidieron tinto, y que a la gallega, entender no se le entendía ni hostias, pero empinar, empinaba a un ritmo increible, opté por mimetizarme con el entorno( ay mi ma...insisto) y me trinqué las dos botellas yo solita ( bueno, con ayuda del yayo que era el que cada vez que vaciaba el vaso lo llenaba y chillaba....¿ Te gusta, verdad?¿ te gusta, eh?).



Conclusión: 12:30h del mediodia. Moon era una más. Borracha, pero una más.El yayo estaba super orgulloso de mí. Fue a pedirme la tercera botella pero mi hombre le frenó. "Siempre tan serio como tu madre, pero ¿no ves lo bien que se lo está pasando la chavala? . Ahí estaba yo. Abrazada a la mujer del abuelo y entendiéndola a la perfección, diciéndole lo maravilloso que era Galicia y sobre todo su gente.



Mi hombre, que sólo pensaba en los 700 kms que nos separaban de nuestro hogar, truncó nuestro botellón y le dijo a la pareja de ancianos que nosotros debíamos regresar a casa, que ya era tarde. Yo, que por aquella hora, ya me había ganado la doble nacionalidad ( vasco-gallega) al intentar despedirme, empecé a tener algo muy común entre los gallegos: una gran morriña, por lo que no tuve más remedio que abandonar a mis nuevos abuelos ( que aún continuaban con el tinto) entre sollozos. Nada más montar al coche, interpreté un:

"Ondiñas veñen
ondiñas veñen e vaaaaaaaaaaaaan
non te embarques rianxeira
que te vas a marearrrrrrrrrrrrrrrrr".


que pasará a la historia y que mi nuevo yayo aún recuerda emocionado.
Posteriormente, caí inconsciente y no desperté hasta Burgos. Mi hombre tenía un buen mosqueo...yo, simplemente, una gran resaca.

Ayyyy...mi ma......y esa sólo fue la primera........